El decapitado del molino

El decapitado del molinoFilógeno vivía en una finca ubicada al norte del país, acompañado únicamente por su padre, ya que su madre los había abandonado cuando éste apenas era un bebe.

Eso hizo que aquel muchacho terminara en malos pasos, pues siempre pensó que él había tenido la culpa de que su madre se alejara de su lado, ya que además de ser poco agraciado, tenía un defecto físico que le impidiera desplazarse con normalidad.

A menudo, la gente del pueblo lo veía borracho por las calles y casi siempre las autoridades locales lo terminaban encerrando, pues en sus borracheras provocaba varios estropicios.

Por su parte, el padre de Filógeno, quien para ese entonces ya era un hombre viejo y cansado, se limitaba a pedirle que rectificara el camino.

– Hijo, sé que a mí ya no me queda mucho tiempo. Necesitas dejar ese estilo de vida. De lo contrario la muerte vendrá por ti antes de tiempo. Tu abuelo me contaba una historia que quiero comunicarte. Decía que a las personas que pasan su vida haciendo daño a los demás y así mismas, los espectros oscuros los vigilan y de vez en cuando mandan al degollador por sus almas.

– ¿En serio piensas que voy a creer tus tontas leyendas cortas de terror? Mejor inventa otra cosa. Dijo Filógeno mientras reía a todo pulmón.

Una tarde fría de otoño, en la que el viento soplaba de manera descontrolada, la energía eléctrica falló dejando al poblado en penumbras. Los moradores del lugar se encerraron en sus casas, pues se sentía la presencia de algo maligno en el ambiente.

De pronto, en cada rincón del pueblo se escuchaba el galope de un brioso corcel.

– ¡Es el degollador, es el degollador! Gritaba la gente desesperada.

El padre de Filógeno salió de su casa, buscando a su vástago violentamente. Desgraciadamente, sus esfuerzos fueron en vano, ya que la cabeza de su hijo pendía de una de las aspas del molino.

Cabe destacar que el resto de su cuerpo nunca fue encontrado.

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